Los que han trabajado conmigo en elecciones lo han escuchado varias veces. Cuando me preguntan ¿De verdad los candidatos y equipos siempre creen que van a ganar?, yo les respondo con el ejemplo de Chile contra Brasil. Antes del partido, y con la cabeza en frío, siempre sabemos que va a ser difícil y que ni la historia ni las probabilidades están con nosotros. Pero comienza el partido, y Chile empieza a jugar bien. La defensa se ve sólida y la pelota circula por nuestro mediocampo. Chile llega al arco brasilero un par de veces y comenzamos a ilusionarnos. La idea es una sola: vamos a ganar, podemos ganar. Hasta que los cracks verderamarillos de turno nos roban la pelota y llega el primero, el segundo, y los goles que sean.
Creo que lo mismo pasa en las elecciones cuando no se llega como favorito. Mirándolas con distancia, una siempre tiene una imagen más o menos clara de lo que puede rendir, pero se acerca la votación, y sobre todo el día mismo de la elección, uno siempre siente que puede ganar. Te contagia la alegría del equipo pese al cansancio, el optimismo de los candidatos y la sensación de que ese día no hay ventajas: es un mano a mano, y no importa que los otros sean más o hayan duplicado tu gasto en propaganda. En frío sabías que ibas a perder, pero el trabajo bien hecho y la convicción y fuerza de tus ideas te hacen creer en la victoria. Las elecciones son como un Brasil contra Chile.
Hasta que un día, Chile le gane a Brasil en el Maracaná y tenga que cambiar mi ejemplo. Siempre se puede ganar; sea a Brasil, Argentina, Alemania o a Italia, así como en una elección -con mucho trabajo- siempre se puede ganar. Como me enseñó un amigo que ya ha sido dos veces candidato a diputado: acá gana el que se levanta más temprano a pelarse la raja.
¡Vamos Chile mierda, que hoy ganamos!

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